Diario de un náufrago

Un voltio por el Bierzo

Tenía organizado para el lunes del puente de la Constitución, que no lo era en mi caso, un partido de tenis después de una semana de silencio castigado en mi habitación. Pero una acogedora llamada de Anabel -no contestada- y el mensaje de Carlitos de que tenían previsto dar una vuelta por el Bierzo (en plan telegrama, que estamos en guerra: «Vamos a pasar el día. Stop. Por si te apetece. Stop. No en plan rutas. Stop. Ver pueblos. Stop. Comida. Stop. Y poco más. Stop».) me animaron a cancelar el partido que tenía previsto en Casa Galicia -«Este sí que es un amigo, le dijo Burger a Patri cuando le explicó mi cambio de planes ante tan escueta información-» y eso que había estado siguiendo la Copa Davis y me ilusionaba poner en práctica lo que había aprendido de los mejores. Patri nos contaría más tarde que había estado presenciando en directo esas semifinales en Madrid en el que jugaba «un ruso con nombre muy raro al que el público pitaba de vez en cuando, pobre».

Patri (cia) (a, para alguno), después de recoger a Anabelita y Burger, vino a por mí. Hacía como cuatro años que no nos veíamos y me dio alegría. Antigua compañera de Anabel en Siemens, habíamos pasado, cuando éramos jóvenes, un finde de música pop, con disfraces incluidos. Carlos, en seguida, fiel cumplidor de sus obligaciones, se puso a corregir exámenes de lengua de sus chavales de diez años. ¿El sujeto es…?; ¿Y el núcleo…?; ¿Y el predicado…? “Les enseñé la treta de preguntar quién es el que…?”. Y, en seguida, la conversación fluye. Como si hubiéramos estado juntos desde siempre…

Trium puerorum

Desayuno sin prisas, Basílicas que nos llegaron a ser Catedrales -pobre-, lluvia -“El Bierzo lo tengo asociado con niebla, humedad y lluvia”, «¡¡¡No me manchéis el coche!!!»-, y… Molinaseca.

Al fondo, Santuario de Nuestra Señora de las Angustias

Allí, en La Floriana, nos esperaba la sorpresa que Anabelita nos había preparado con tanto cariño: un menú degustación que nos encantó. El ambiente, la música de fondo, la temperatura, las luces, el ventanal aquél que parecía un cuadro, la hospitalidad… y los seis platos que saboreamos regados por dos botellas de buen vino.

Aperitivo de lo que vendría después…

Una vueltecita por el pueblo y, Mujeres que corren con los lobos, las chicas -y el lado femenino de Carlos y mío-volvimos a nuestros orígenes de mujer salvaje. Claro, habíamos vuelto un poco a nuestra esencia: “¡No nos conformemos con menos: Palcos en el Bernabéu, Teatro Real, Belleza, Buenas Conversaciones…!”.

Las chicas, mujeres salvajes

Un señor como de setenta años nos preguntó en inglés si queríamos ver la Iglesia de San Nicolás de Bari. Y ese día celebrábamos a ¡¡¡San Nicolás de Bari!!!

Si nos hubiéramos quedamos más tiempo, habríamos tomado un chocolate al que nos invitaban

Mantuvimos una breve conversación con él -con el señor, no con San Nicolás de Bari- sobre todo Patri -mujer salvaje viajada- que nos contó cómo, después de hacer el Camino de Santiago, había decidido cambiar de aires y venirse a vivir, de eso hacía ya tres años, a Molinaseca, donde está encantado.

Famoso puente romano sobre el río Meruelo de Molinaseca

Yo les conté a los chicos «mi luz» («¿Tu luz?») de hacía muchos años de pasarme los findes de pueblo en pueblo, en moto, teniendo conversaciones con paisanos/as mayores… Uno de tantos sueños olvidados…

En la Iglesia, acogedora, encontramos la rueda de los deseos: «Que ningún niño del mundo viva peor que yo«; «Que se acabe el coronavirus«; «Por la paz del mundo«.

Leyéndolos, nos volvimos a hacer niños; regresamos a nuestra esencia

Entretanto, no podía ser de otra manera, unos y otros sacábamos fotos para inmortalizar el momento.

-Si me das tu móvil, te envío las que hice.

-Ya lo tienes, que me mandas cosas desde aquella quedada pop.

-¿Le envías cosas? ¿Qué cositas le envías?

Y para concluir el voltio por el Bierzo, paseíto por Ponferrada, donde comprobamos que a las seis todo se cierra. Y «nos dio» para saborear su iluminación; y su Museo de la Radio -en siete coma cinco minutos- y charlamos un poco con la gente de Vox que andaban de proselitismo; y descansamos -por fin- en un bareto donde había de todo -de decoración- y hablamos de todo.

Castillo templario
Uno de Vox, a cambio del folleto, nos hizo una foto

Y de regreso, en un Mercedes recién estrenado, con la compañía de Fito & Fitipaldis, resolvimos lo que había quedado por resolver -incluido la completa resintonización del coche por parte de Burger- con la promesa de que nos veríamos, esta vez sí, más a menudo.

Y es que como alguna de las chicas salvajes dijo: «¡Qué buen día hemos pasado!».

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