
Asistí a la conferencia que el filósofo, pedagogo y ensayista Gregorio Luri impartió en León esta semana invitado por el Colegio Internacional Peñacorada y Argumenta (asociación cultural constituida en León en 2022 para la promoción de una cultura abierta, solidaria y trascendente) y donde puso el foco en la relación entre lo nuevo y lo bueno en el mundo de la educación.
Porque no todo lo nuevo es bueno, ni lo sustituye. ¿Sin la estabilidad de lo bueno, sabemos adónde vamos? Porque en lo nuevo, todo es penúltimo. Porque no siempre hay que innovar, o mejor dicho, innovación sí pero con sentido común, porque sino es fácil caer en la buena voluntad sustentada en ingenuidades de quien piensa que siempre hay que hacer algo para mejorar. Por eso, se hace necesaria la vuelta a una antropología rigurosa. La educación ha sufrido el influjo del mundo de la empresa y de ahí que innovar sea sinónimo de “crear necesidades disruptivas” y que se hable de que si te duermes, estás fuera de mercado; o de que haya que promover el cambio o de que el rápido devora al lento. Es este marketing educativo propiciado en parte por el descenso de la natalidad que hace que muchos colegios necesiten clientes.
Pero ante el mantra de “cada niño con su ordenador”, no perdamos el sentido de la relación cara a cara entre profesor-alumno y el valor de un libro de texto. Aunque todas las cosas importantes son nobles e imperfectas, volvamos a las «permanencias antropológicas» en ese intento de innovar defendiendo la cultura del esfuerzo: “Por favor, respete a nuestros alumnos, no se lo ponga demasiado fácil”, le decían cuando tuvo que dar una charla en un sitio remoto y perdido de México.
Y dejemos de repetir consignas que se han demostrado falsas («el 65% de los alumnos de primaria trabajarán en profesiones que aún no se han inventado”) o equivocadas: los propios finlandeses han señalado que llevan años equivocados en temas educativos y que los alumnos de ahora salen mucho peor preparados que los de hace quince años.
Entre las cuestiones que le preocupa está el auge de las clases particulares, el malestar docente o el de identificar escolarización con instrucción; la bajada de resultados y la subida de calificaciones; la psicologización de la escuela, el descuido de la cultura común y el desprecio a la memoria.
Pero ¿cuál es el reto educativo? Generar una cultura innovadora sin renunciar al humanismo, inculcar que el conocimiento es poder: el conocimiento es el motor del interés, no al revés. La importancia del valor educativo del ejemplo: “Los Fernández actuamos así”. No se trata de más financiación, ni de cambiar de métodos, ni de que los profesores cobren más ni de que el ratio alumno/aula sea tal o cual. Se trata de concienciar que aprender es formarse a uno mismo como persona, que estoy modelándome a mi mismo. El conocimiento riguroso nos traslada una necesaria experiencia de orden. Se trata, en definitiva, de educar el paladar, el buen gusto, y citó una conferencia de Benedicto XVI a los profesores universitarios en el Escorial