Artículos de opinión

De qué hablo cuando hablo de escribir

El eterno aspirante al Nobel de Literatura Haruki Murakami reflexionó sobre la escritura en De qué hablo cuando hablo de escribir. Me resultó curioso conocer qué piensa sobre la vocación de escritor; cómo fue su momento de epifanía –«el corazón me brincaba de emoción»– donde le vino el pensamiento: «Eso es. Quizás yo también pueda escribir una novela»; cómo se fraguó su estilo propio, al traducir al japonés lo que escribe en inglés; qué piensa de los premios literarios o para quién (o no) escribe.

Para él no hay «nadie tan generoso y con un corazón más grande que los escritores de ficción». Y es que a los escritores profesionales los recién llegados les despiertan «una curiosidad sincera, ganas de charlar con ellos sobre literatura, incluso de darles ánimos». Porque escribir una novela, subirse al ring, lo puede hacer cualquiera, pero permanecer en él no resulta tan fácil: «Obviamente se requiere talento, brío y la fortuna de tu lado, como en muchas otras facetas de la vida, pero por encima de todo se necesita determinada predisposición. Esa predisposición se tiene o no se tiene. Hay quienes nacen con ella y otros la adquieren a base de esfuerzo». Y es la experiencia la que enseña a los escritores lo duro que es seguir escribiendo. Por otra parte, «escribir novelas no es un trabajo adecuado para personas extremadamente inteligentes»: hacerlo, es un trabajo lento, de marchas cortas y los extremadamente inteligentes no adaptan bien este ritmo al funcionamiento natural de su mente. Y es que «la fecha de caducidad como escritor» cree que abarca «como mucho, un periodo de diez años. Pasado ese tiempo, hace falta una cualidad más grande y duradera que sustituya la inteligencia (…). Escribir novelas responde a una especie de mandato interior que te impulsa a hacerlo. Es pura perseverancia y resistencia, apoyadas en un prolongado trabajo en solitario. Me atrevo a decir que son las cualidades y requisitos fundamentales de todo escritor profesional».

Pero, por qué sigue escribiendo: «Sobre todo, no he perdido esa sensación divertida y agradable que experimenté al escribir mi primera novela. Me levanto temprano todos los días, preparo un café en la cocina, lo sirvo en una taza grande, me siento a la mesa y enciendo el ordenador (…) Después, me pregunto a mí mismo: ‘Y bien, ¿qué voy a escribir?’ Es un momento de felicidad. La verdad es que nunca he sufrido por el hecho de escribir (…) Me parece que si escribir no resulta divertido, no tiene ningún sentido hacerlo».

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