Diario de un náufrago

Los cuatro amores

Estuve leyendo en estos días Los cuatro amores, de C.S Lewis. Tenía buen recuerdo de él de mi época universitaria. Y no me ha defraudado. Su fama de ser uno de los intelectuales cristianos más influyentes de su tiempo es ganada. Escribió más de treinta libros, entre ellos Las Crónicas de Narnia, Cartas del Diablo a su sobrino y Mero cristianismo.

Ya en la introducción aborda la cuestión de la relación entre los amores naturales y el amor de Dios: «Los amores naturales que se convierten en dioses dejan de ser amores», o algunos hablan a veces «como si creyeran que enamorarse fuera lo mismo que santificarse».

En el primer capítulo distingue entre el placer-necesidad (hay un deseo previo: beberse un vaso de agua) -al alcanzarse mueren en nosotros por completo y de forma asombrosamente repentina- y el placer de apreciación (el aroma de un sembrado de habas mientras paseas). El placer necesidad determinan nuestros amores necesidad: no duran más allá de la necesidad misma. El amor de apreciación o amor dádiva es distinto. «El amor necesidad clama a Dios desde nuestra indigencia, el amor dádiva anhela servir a Dios y hasta sufrir por El. El amor necesidad le dice de una mujer: «No puedo vivir sin ella»; el amor dádiva aspira a hacerla feliz, a darle comodidades, protección y si es posible riqueza; el amor de apreciación contempla casi sin respirar, en silencio, alegre de que esa maravilla exista, aunque no sea para él, y no se queda abatido si la pierde, porque prefiere eso antes que no haberla conocido nunca.»

Después de dedicarle un espacio al amor a la naturaleza ( «El único mandato que la naturaleza dicta es: «Mira. Escucha. Atiende». (…) «La naturaleza no nos enseña.» (…) «Porque este amor, cuando se erige en religión, se va haciendo un dios, es decir, un demonio; y los demonios nunca cumplen sus promesas»), y a la patria, se centra en el afecto, la amistad, el eros y en la caridad.

El afecto es el más sencillo y extendido de los amores. «Ese cálido bienestar, esa satisfacción de estar juntos (…) Es el menos discriminatorio de los amores». Es la causa «en nueve casos sobre diez, de toda la felicidad sólida y duradera que hay en nuestra vida natural». Es un amor humilde, no se da importancia. La gente puede estar orgullosa de una amistad o de estar enamorada, pero el afecto es modesto, discreto y pudoroso. Su especial mérito consiste en que «puede unir a quienes más radicalmente -e incluso más cómicamente- no lo están: personas que si no hubiesen sido puestas por el Destino en el mismo sitio o ciudad no habrían tenido nada que ver una con la otra. De todos los amores naturales es el más católico, el menos afectado, el más abierto: «Las personas con quienes a uno le toca vivir en familia, en el colegio, a la hora del rancho, en un barco, en la comunidad religiosa son, desde ese punto de vista, un círculo más amplio que el de los amigos, por numerosos que sean, y a quienes uno ha elegido». El afecto puede amar lo que no es atractivo: Dios y sus santos aman lo que no es amable. «¿Son los «afectos caseros», cuando están en su mejor momento y en su desarrollo más pleno, lo mismo que la vida cristiana? La respuesta a estas preguntas, lo sé con seguridad, es decididamente No». En el afecto puede haber amor necesidad y amor dádiva. Amor necesidad: nuestra ansia del afecto de los demás. Pero el afecto puede darse o no, no es un derecho, más bien una «razonable expectativa». El mejor afecto pone en práctica una cortesía que es incomparablemente más sutil, más fina y profunda que la mera cortesía en público. «Si quieres ser amado, sé amable», dijo Ovidio: afirmaciones dogmáticas, las crueles interrupciones, el contradecir de plano, hacer burla de lo que otro se toma en serio… El mejor afecto no desea herir ni humillar ni dominar: «Se puede decir cualquier cosa en el tono adecuado y en el momento oportuno, tono y momento que han sido buscados para no herir, y de hecho no hieren. Cuanto mejor es el afecto más acierta con el tono y el momento adecuados (Cada amor tiene su arte de amar)». Pero también el afecto como amor dádiva tiene sus perversiones: «Pienso en la Señora Atareada (…) Dice el Párroco que la señora Atareada está ahora descansando. Esperemos que así sea. Lo que es seguro es que su familia sí lo está»: es el amor dádiva que necesita dar; por lo tanto necesita que lo necesiten. (….) «Tenemos que aspirar a no ser imprescindibles».(…) Esa terrible necesidad de que le necesiten a uno, encuentra a menudo un escape mimando a un animal».

El segundo de los amores es el de amistad. A los antiguos, «la amistad les parecía el más feliz y más plenamente humano de todos los amores: coronación de la vida y escuela de virtudes». Es el menos «natural» de los amores, el menos instintivo, orgánico, biológico, gregario y necesario». Desde el momento en que dos hombres son amigos, en cierta medida se han separado del rebaño. La amistad… «ese mundo luminoso, tranquilo, racional de las relaciones libremente elegidas». De entre todos los amores, «ese es el único que parece elevarnos al nivel de los dioses y de los ángeles». «Los enamorados están siempre hablándose de su amor; los amigos, casi nunca de su amistad. Normalmente los enamorados están frente a frente, absortos el uno en el otro; los amigos van el uno al lado del otro, absortos en algún interés común. Sobre todo, el eros (mientras dura) se da necesariamente solo entre dos. Pero el dos, lejos de ser el número requerido para la amistad, ni siquiera es el mejor»: dos amigos se sienten felices cuando se les une un tercero, porque en ese amor «compartir no es quitar». «La amistad surge fuera del mero compañerismo cuando dos o más compañeros descubren que tienen en común algunas ideas o intereses o simplemente algunos gustos que los demás no comparten y que hasta ese momento cada uno pensaba que era su propio y único tesoro, o su cruz. La típica expresión para iniciar una amistad puede ser algo así:«¿Cómo, tú también? Yo pensaba ser el único». Esas dos personas están juntas en medio de una inmensa soledad. «Describimos a los enamorados mirándose cara a cara, y en cambio a los amigos, uno al lado del otro, mirando hacia adelante.» La amistad tienen que construirse sobre algo «aunque solo sea una afición por el dominó, o por las ratas blancas. Los que no tienen nada no pueden compartir nada, los que no van a ninguna parte no pueden tener compañeros de ruta». «La señal de una perfecta amistad no es ayudar cuando se presenta el apuro (se ayudará, por supuesto), sino que esa ayuda que se ha llevado a cabo no significa nada; fue como una distracción, una anomalía; fue una terrible pérdida de tiempo -siempre demasiado corto- de que disponemos para estar juntos. Solo tuvimos un par de horas para charlar, y ¡santo Cielo!, de ellas veinte minutos tuvimos que dedicarlos a resolver «asuntos». Eros quiere tener cuerpos desnudos; la amistad, personalidades desnudas: en un círculo de verdaderos amigos cada persona es simplemente lo que es: solamente ella misma. «¿Ves tú la misma verdad que yo?». «De todo lo dicho se desprende claramente que en la mayor parte de las sociedades y en casi todas las épocas las amistades se dan entre hombres y hombre, o entre mujeres y mujeres. Los sexos se encuentran en el afecto y en el eros, pero no en este amor». El amor de amistad es eminentemente espiritual: «Libre del instinto, libre de todo lo que es deber -salvo aquel que el amor asume libremente-, casi absolutamente libre de los celos, y libre sin reservas de la necesidad de sentirse necesario». La amistad es ambivalente: «hace mejores a los hombres buenos y peores a los malos». El peligro de las buenas amistades «consiste en que esta indiferencia o sordera parcial respecto a la opinión exterior, aunque necesaria y justificada, puede conducir a una indiferencia o sordera completas» (ejemplo de lo que los sacerdotes en la época de Nuestro Señor pensaban de la gente corriente). «La amistad no es una recompensa por nuestra capacidad de elegir y por nuestro buen gusto de encontrarnos unos a otros, es el instrumento mediante el cual Dios revela a cada uno las bellezas de los demás, que no son mayores que las bellezas de miles de otros hombres; por medio de la amistad Dios nos abre los ojos ante ellas».

Eros. Es la clase de amor «en el que» los enamorados están. Al elemento sexual o animal dentro del eros lo llama -siguiendo una antigua costumbre- Venus. «No suscribo en modo alguno la idea, muy popular, de que es la ausencia o presencia de eros lo que hace que el acto sexual sea «puro» o «impuro», degradante o hermoso, ilícito o lícito (…) Dios no ha querido que la distinción entre pecado y deber dependa de sentimientos sublimes. Ese acto, como cualquier otro, se justifica o no por criterios muchos más prosaicos y definibles; por el cumplimiento o quebrantamiento de una promesa, por la justicia o injusticia cometida, por la caridad o el egoísmo, por la obediencia o desobediencia». Lo que viene primero es «simplemente una deliciosa preocupación por la amada: una genérica e inespecífica preocupación por ella en su totalidad. Un hombre en esta situación no tiene realmente tiempo de pensar en el sexo; está demasiado ocupado pensando en la persona». El deseo sexual sin eros quiere «eso», «la cosa en sí (placer sensual)». El eros quiere a la amada en sí misma, no el placer que pueda proporcionarle. «El hombre ha mantenido tres puntos de vista respecto a su cuerpo. En primer lugar está el de los ascetas paganos, que lo llamaban la prisión o la «tumba» del alma (…) En seguida vinieron los neopaganos, los nudistas y las víctimas de los dioses oscuros, para quienes el cuerpo es algo glorioso. Pero en tercer lugar tenemos la definición que daba de su cuerpo San Francisco de Asís al llamarlo «Hermano asno«. (El asno como bestia patética y absurdamente hermosa a la vez). «El acto de venus puede llevar al hombre a una actitud, aunque corta en duración, extremadamente imperiosa, a la dominación propia del conquistador o del posesor; y a la mujer, a una correspondiente extrema abyección y rendición». El eros, honrado sin reservas y obedecido incondicionalmente, «se convierte en demonio». El verdadero peligro no es que los enamorados se idolatren el uno al otro, «sino que idolatren al propio eros».

Y, por fin, la Caridad. Amar, de cualquier manera, es ser vulnerable: «Nosotros somos seguidores de Uno que lloró por Jerusalén, y sobre la tumba de Lázaro, y que, amándolos a todos, tenía sin embargo un discípulo a quien, en un sentido especial, Él amaba». «Si el hombre no deja de hacer cálculos con los seres amados de esta tierra a quienes ha visto, es poco probable que no haga esos mismos cálculos con Dios, a quien no ha visto. Nos acercamos a Dios no con el intento de evitar los sufrimientos inherentes a todos los amores, sino aceptándolos y ofreciéndoselos a Él, arrojando lejos toda armadura defensiva. Si es necesario que nuestros corazones se rompan y si Él elige el medio para que se rompan, que así sea». Dios es amor. Este «amor primordial es el Amor-Dádiva. En Dios no hay un hambre que necesite ser saciada; solo abundancia, que desea dar (…) Dios, que no necesita nada, da por amor la existencia a criaturas completamente innecesarias, a fin de que Él pueda amarlas y perfeccionarlas». Dios, como Creador de la naturaleza, «implanta en nosotros tanto los amores-dádiva como los amores-necesidad». «Tan pronto como creemos que Dios nos ama surge como un impulso por creer que es no porque Él es Amor, sino porque nosotros somos intrínsecamente amables. Los paganos obedecían ese impulso con cierto descaro: el hombre bueno era «caro a los dioses», porque era bueno (…) En lo más profundo de lo profundo, en lo más sutil de lo sutil, persiste la persistente idea de nuestro propio, muy propio, atractivo». Así Dios, «admitido en el corazón humano, transforma no solo el amor dádiva sino el amor-necesidad; y no solo nuestro amor-necesidad por Él, sino el amor-necesidad de unos hacia otros. Él puede venir con algo que quizá nos parezca una misión tremenda, y exigirnos totalmente la renuncia absoluta al amor natural. Una vocación superior y terrible». «Nunca nos falta la invitación a que nuestros amores naturales se conviertan en caridad (trabajo difícil), más estrictamente hablando, dejar a Dios que convierta». «Cuando veamos el rostro de Dios sabremos que siempre lo hemos conocido. Ha formado parte, ha hecho, sostenido y movido, momento a momento, desde dentro, todas nuestras experiencias terrenas de amor puro».

Tierra de penumbras recoge parte de la biografía de C.S.Lewis.

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