Artículos de opinión

Los cuatro amores (I)

C.S Lewis, uno de los intelectuales más importantes de este siglo, escribió más de treinta libros, entre ellos Las Crónicas de Narnia, Carta del diablo a su sobrino o Los cuatro amores del que quería hablarles. Después de dedicar un capítulo a lo que llama «gustos y amores por lo sub-humano» (el amor a la naturaleza y a la patria), se centra en el afecto, la amistad, el eros y la caridad.

El afecto, el más sencillo y más extendido de los amores, es a la vez el menos discriminatorio. A veces «podemos señalar el día exacto en que nos enamoramos o iniciamos una nueva amistad, pero dudo que podamos percibir el comienzo de un afecto». El afecto es humilde, no se da importancia, es modesto, discreto y pudoroso. El especial mérito del afecto consiste «en que puede unir a quienes más radicalmente –e incluso más cómicamente– no lo están». El afecto ensancha nuestra mente; es, entre los amores naturales, el más católico: «Las personas con quienes a uno le toca vivir en familia, en el colegio, a la hora del rancho, en un barco, en la comunidad religiosa». Como cualquier amor tiene su arte: «se puede decir ‘cualquier cosa’ en el tono adecuado y en el momento oportuno, tono y momento que han sido buscado para no herir, y de hecho no hieren. Cuando mejor es el afecto más acierta con el tono y el momento adecuados».

La amistad es el menos natural, instintivo, orgánico, biológico, gregario y necesario de los amores. Desde el momento en que dos hombres son amigos, en cierta medida «se han separado del rebaño» para entrar en este «mundo luminoso, tranquilo, racional de las relaciones libremente elegidas». Es selectiva, asunto de unos pocos, y es el menos celoso de los amores: «Dos amigos se sienten felices cuando se les une un tercero». «La amistad surge fuera del mero compañerismo cuando dos o más compañeros descubren que tienen en común algunas ideas o intereses o simplemente algunos gustos que los demás no comparten y que hasta ese momento cada uno pensaba que era su propio y único tesoro, o su cruz». La típica expresión para iniciar una amistad puede ser algo así: «¿Cómo, tú también? Yo pensaba ser el único». Así como los enamorados andan mirándose a la cara, los amigos están «uno al lado del otro, mirando hacia adelante». La amistad tiene que construirse sobre algo, aunque sea «solo una afición por el dominó: los que no tienen nada no pueden compartir nada, los que no van a ninguna parte no pueden tener compañeros de ruta».

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