Artículos financieros

Más sobre los atajos

Dicen que dijo Einstein: «Conocer bien a los otros es inteligente, conocerse a sí mismo es sabiduría». Sea o no cierta la atribución, es una realidad. Y este conocimiento propio incluye saber cómo funciona nuestro cerebro cuando toma decisiones de inversión pues arroja luz sobre esos atajos o sesgos de nuestro pensamiento rápido, el automático e intuitivo, que pueden hacer fracasar nuestros objetivos financieros. Porque es conveniente que tomemos conciencia de ellos para corregirlos y así tomar las decisiones óptimas. Como en artículos anteriores, les hablaré de tres de ellos.

Los sesgos emocionales son muy difíciles de evitar ya que las emociones son variables y dependen del momento concreto, del estado de ánimo y de cómo nos sentimos: con ansiedad, con exceso de optimismo o en un estado de sobreexcitación. Las emociones pesan sobre el 70 % en las decisiones económicas. El principal sesgo emocional, que se amplifica en inversores de mayor edad, es la «aversión a las pérdidas»: tendemos a considerar que las pérdidas pesan más que las ganancias. Nos incentiva más el miedo a perder que a ganar algo semejante. Las personas que tienen este sesgo muy marcado lo tienen realmente difícil en estos momentos en que los tipos de interés están a cero ya que no existe inversión sin riesgo. También, pueden demorar demasiado vender en pérdidas, perdiéndose otras oportunidades o la posibilidad de compensarlas fiscalmente con otras ganancias. Por otra parte, este sesgo puede derivar en el ‘efecto miopía’ por el que evaluamos constantemente nuestra cartera ante el temor de perder y sobrerreaccionamos a las noticias o eventos que se producen en el corto plazo, perdiendo la perspectiva del largo plazo y de nuestros propios objetivos.

Otra predisposición es al optimismo donde sobreestimamos la probabilidad de experimentar situaciones positivas y subestimamos la posibilidad de experimentar las negativas: pesa más el optimismo que el realismo. Por eso, antes de adoptar una decisión de inversión es conveniente reflexionar sobre la posibilidad de que esta no resulte según lo deseado.

Por último, el sesgo de la prueba social nuestra tendencia a imitar lo que hacen los demás por creer que están actuando correctamente: «Si lo hacen los demás, estará bien». No tienes claro qué hacer y te dejas guiar por el comportamiento de otros.

Conocer los sesgos para corregirlos. Y así, decidir libremente.

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