Diario de un náufrago

Reencuentros asturianos

julio 2020

Por la mañana, ilusionado por el viaje, fui a mi taller de moto: revisión de aceite y presión de ruedas. ¡Quién me ha visto y quién me ve!

-Así me gusta, que viajes en moto.

Y nada más cerrar la oficina, a las seis, rumbo a Colunga. Y por el puerto de Pajares. En el Parador, que empezaba a refrescar, me cambié de ropa y me puse pantalones largos y mi chubasquero verde fosforito.

-¿Dónde trajiste la maleta? ¡Estás loco, quillo!, me dijeron al unísono Reyes y David como si no me conocieran.

Y enseguida, los cientos de regalitos a las sobrinas, que me hice rey mago (un poco lo soy, que algo aprendí de la gran Maestra Huang Zhang): un cuaderno de escritora para Cristina, la mayor, con portada de unicornio y contraseña (con solemne promesa a todas de que a los doce años les regalaría a cada una uno, que a ver si me acuerdo), pelotas de golf, bolígrafos de Renta 4 (que siempre vienen bien), libretas para dibujar… Quizás el mejor fue las vueltitas que les di a cada una en moto, por los gritos que daban, digo. Y por cómo se me agarraban. Después de la cena, copita de mayores. Pena que una llamada de Reyitas «anunciándonos» que habían terminado de ver la película y «que haber cómo se iban a dormir», interrumpió la conversación. El sábado lo disfrutamos en Gijón, entre Poniente y San Lorenzo, donde hicimos kundalini yoga, al ritmo de cuatro niñas y la humedad de la zona centro. En honor a Fran tomamos unos dulces. El domingo amaneció nublado por lo que después de misa y de saludar a Chema (reencuentro en la cumbre) fuimos a Ribadesella. Paseamos por una playa indiana (Santa Marina) -los niños lo hicimos por la orilla, los mayores por el paseo- hasta llegar a unas rocas donde con tremenda imaginación podías llegar a intuir huellas de dinosaurios. En el recorrido de vuelta nos encontramos con Cascos, el ministro. No es para tanto. En estos dos días hemos tenido ciento de miles de micro conversaciones: de «grupos de difusión» en el whatssap y de cómo Facebook ya no lo ve nadie; de «por qué no usar la palabra reprimir, como si fuera algo malo», que me reprendió David; del trabajo en Remax de Reyes y de la difícil conciliación vida laboral-familiar; la luz de David en esa enésima readaptación profesional; de lo diferentes que somos los seis hermanos y del funeral de mi padre este viernes en Zufre… Y, también, con cada sobrina, micro conversaciones (menos al principio que andaban tanteando) y redescubrimientos: la sonrisa perpetua de Rori (mi ahijada) y lo lista que es para tener cinco años; lo madre que es Reyitas y lo creativa e independiente de Marta que me la imagino de mayor en medio de la selva amazónica realizando alguna investigación que salve al planeta. Y lo bien que escribe y pinta Cristinita, por supuesto.

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